Aquí, ahora y en todas partes

Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) transforman de manera acelerada las costumbres y, en el fondo, cambian la vida de millones de personas. Puede comprobarse esto en los cultos de las iglesias, donde se pide apagar los teléfonos móviles, pese a lo cual siempre suena un celular justo en el momento más sublime y culminante del servicio.

Están aquellos que usan el móvil para comunicarse durante el culto, los que leen la Biblia en el celular y los que estudian las Escrituras en tabletas informáticas.

Observe que no he nombrado todavía a la PC, la computadora personal, sino a equipos que están en la palma de la mano y en los bolsillos o carteras de las personas.

Antes la PC era el único medio tecnológico, y la experiencia con las TIC estaba delimitada en un espacio físico (el escritorio), en un horario determinado (el del trabajo). Pero hoy ese escenario es móvil y no tiene casi límites. Así, cambia nuestro modo de estar presentes y ausentes cada día. Podemos en medio del culto interactuar con personas que están lejanas del templo.

Daniel La Barbera, presidente de la Sociedad Italiana de Psicotecnología y Clínica de los Nuevos Medios, afirma que cuando nos comunicamos en tiempo real por Internet, como por ejemplo a través del chat, “nuestras disposiciones emotivas cambian respecto de lo ordinario. Internet, las redes sociales y los celulares se han convertido en facilitadores emocionales. Nos hacen decir cosas que en un encuentro personal de viva voz jamás diríamos. Pero así -advierte- las emociones no se consolidan. De allí entonces la dispersión relacional y la incapacidad de vivir relaciones profundas y estables”.

Nos habituamos a estar con una persona, pero en forma simultánea a estar en otra parte. Y hay peligros. Por ejemplo, no sabemos más conversar, ser pacientes, escuchar respetando los tiempos de nuestro interlocutor, y corremos el riesgo de perder la profundidad en las relaciones.

Una aclaración necesaria: el hecho de que se pueda abusar de un instrumento, de un medio, de una costumbre, de una conducta no quiere decir que sean malos en sí. Pero la distinción entre uso y abuso debe ponernos en alerta. El desafío es usar las TIC con sabiduría y hacerlas verdaderos instrumentos de nuestro crecimiento personal y no convertirnos en apéndice de un celular o tableta, por más útil que ésta sea.

César Dergarabedian (www.pulsocristiano.com.ar)

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